EL SECRETO QUE NUNCA FUE MIO

Hoy escribo desde mi propia experiencia. Nunca me había animado a contar esta historia que tuvo su origen hace 24 años cuando iniciaba mi carrera laboral en una empresa que amé demasiado y que me dio grandes aprendizajes, ahí me enfrenté a innumerables retos y fueron unos años cargados de crecimiento y experiencias todas valiosas, incluso las amargas. En aquel tiempo yo era una chica ingenua, y confiada, que no había tenido problemas con nadie, y que pensaba que todo el mundo estaba en mí misma sintonía: la sintonía del respeto; hasta que un día pasó algo que cambió por un tiempo mi forma de relacionarme.

Una tarde cualquiera…

Todo ocurrió una tarde cuando un jefe de otra área, me llamó a su oficina para que le ayudara con algo, como era mi costumbre ser muy colaboradora y además muy respetuosa de la jerarquía, acudí de inmediato. Aún recuerdo esa oficina como si fuera ayer, está grabada en mi memoria, un espacio enorme que se compartía con varios jefes y que en ese momento estaba totalmente sola, premeditadamente sola. 

Al llegar, sentí de inmediato la incomodidad de la soledad, no era normal que esa oficina estuviera así, y bueno, sumado a ello, que aún no tenía desarrollado ese sexto sentido de supervivencia ante hombres lobo, que ese día afloró. Y ahí estaba él, parado esperándome en la mitad de aquel espacio, así que le pregunté que en qué le podía ayudar, y en menos de un santiamén ya lo tenía enfrente tomándome por los hombros con un poco de fuerza mirándome fijamente, y aunque mi mente trató de borrar el recuerdo, tengo presente el afán de soltarme mientras él me apretaba más, fue ese el momento donde me besó a la fuerza, aún recuerdo la sensación de ese beso, si es que así puede nombrarse, preferiría llamarlo contacto: incomodo, invasivo, atrevido, repugnante; rápidamente me solté y salí corriendo de ahí.

El miedo también guarda silencio

Todo eso pasó en minutos, llegué a mi oficina con el corazón a millón y sólo pude llorar, lloré porque me sentí vulnerada, porque cuestioné cómo era posible que aquella persona se propasara conmigo, sentí que pudo ser peor, lloré porque no sabía qué hacer, no sabía si decirle a mi jefe, pensaba que eso desataría un escándalo, no sabía si me creerían, si él inventaría otra historia, entré en un momento de cuestionamientos, con los que mi juventud no supo lidiar en ese momento, y esto es lo que pasa por la mente de todas las mujeres que hemos sido agredidas de cualquier forma en el trabajo, no denunciamos por todos esos miedos que llegan a nuestra mente y que permiten que hombres como aquel, que se veía tan bien puesto, joven, con un hogar bonito, hiciera lo que hizo.

Yo necesitaba contarle a alguien, soltar eso que tenía ahí atragantado y que no sabía cómo manejar, así que recurrí a una persona con la que trabajaba muy de cerca, que no era mi jefe, pero fue a quien recurrí en mi necesidad de soltar eso tan horrible que me había pasado; primero me aseguré de que me guardara el secreto, le pedí que por favor no le comentara a nadie, ella me aconsejó que debía contarle a mi jefe, pero eso ni siquiera yo lo consideraba por todas los miedos que ya tenía en mi cabeza.

Hoy pienso que tal vez ella debió contar lo que me había pasado por un bien común, por todas las chicas que como yo podrían ser blanco de ese jefe abusivo, ya que ella tenía una posición importante donde le hubieran dado credibilidad (era lo que yo pensaba), pero también resalto su honorabilidad al respetar mi pedido de guardarme el secreto, pero sigo pensando qué hubiera hecho yo en la actualidad si alguien me contara una experiencia como esa.

Ese nunca fue mi secreto

Escribiendo esta historia de mi vida, reflexiono sobre algo importante y es que en realidad ese no era mi secreto, yo lo había asumido como mío por todo lo que me generó, por la vergüenza, el golpe a mi autoestima, el cuestionarme a mí misma, preguntándome que había hecho para que me pasara eso, pero en realidad ese era el secreto de aquel hombre que me tomó a la fuerza para besarme, era su secreto, no el mío. Cargué con su responsabilidad y llevé durante un par de años una maleta pesada que no era mía, lamentablemente el silencio es alimento para los hombres abusivos, porque se amparan en el miedo que nos impide denunciar y siguen abusando. Ninguna mujer debería preguntarse qué hizo para que le pasara eso, la única pregunta que debería existir es por qué alguien decidió hacerle daño.

Los días siguientes fueron difíciles, no me lo quería encontrar, evitaba cualquier situación que me acercara a él, me daba miedo pasar por su área, sentía miedo, le di un poder que no debí darle; aunque nunca lo enfrenté ni tuve una charla sobre el tema, con el pasar del tiempo fui superando ese episodio y ese sentimiento. A medida que maduré en aquella organización fui quitándole poder y logré dejar el miedo, ya tenía herramientas para defenderme, no era esa chica ingenua a la que se atrevió a forzar.

Lo que hoy le diría a mi yo de 21 años

En aquel entonces, no había mecanismos para evitar el acoso sexual, hoy no somos tan vulnerables en el entorno laboral, hay políticas, normativa y esto se castiga firmemente, abusar de alguien es grave y la ley cae con peso. Sin embargo, a pesar de los años, sigue estando nuestro miedo a ser criticadas, a perder el empleo, a que no nos crean, a que nos dañen más y poco se denuncian estos abusos, ahí es donde debemos trabajar, en entender que debemos hacernos respetar y eso deriva también en protección para otras mujeres. No es fácil entenderlo cuando uno está viviendo una situación así, porque en ese momento los sentimientos son variados, pero hoy con la madurez de mis 45 años le diría a mi yo de 21 años que eso no fue nuestra culpa, que el miedo era normal, pero había que superarlo y no escondernos, que denunciarlo ante la empresa era la mejor opción para liberarnos de esa carga que no era nuestra, de un secreto ajeno y de paso liberar a otras chicas del abuso.

Contar esta historia después de tantos años tiene un fin específico, y es lo que hacemos en Exprésate Mujer, contar las historias que nos suceden para que otras mujeres sepan que no están solas, y aunque lamentablemente Colombia aún no cuenta con un sistema estadístico consolidado que mida la incidencia real del acoso sexual en el ámbito laboral, es algo que aun ocurre y quiero, por medio de mi experiencia, dejar la reflexión frente a este episodio que deseo ninguna mujer tenga que vivir jamás.

Con cariño,

Lena.


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