De pronto me levanto en las noches con esa angustia que muerde, generada por mis propios pensamientos. Mi cabeza cavila y cavila sobre incertidumbres que se sienten como amenazas reales. Siento los latidos de mi corazón golpeando contra las costillas, a mil por hora, como un animal acorralado. El celular y el trabajo han dejado de ser herramientas para convertirse en detonantes de pánico; el sonido del ringtone ya no es un aviso, es un latigazo de ansiedad.
Pido al Creador que respalde mis pasos, que no se complique ningún caso, que el caos me dé tregua. En esos momentos de angustia inexplicable me levanto de la cama, fingiendo que voy al baño para no despertar a mi esposo. ¿Cómo explicarle que hay pensamientos desalentadores que me escoltan como sombras? Que mi cerebro va a una velocidad que no puedo frenar y que la resolución de casos complicados me robó la paz hace tiempo.
El teléfono se ha convertido en una extensión de mi cuerpo, una extremidad parásita. Esa urgencia ficticia a la que el sistema nos obliga, me hizo descargar el correo en mi vida privada; estoy tan alienada que, incluso en mis días de descanso, el dedo busca la bandeja de entrada por puro reflejo. Si llega un mensaje a las cinco de la tarde con el icono de «urgente», mi pecho se contrae, la paz se evapora y mi mente empieza a jugar su peor pasada: «¿Y si me equivoco? ¿Y si tomo una decisión errónea?». Aun haciendo lo técnicamente correcto, mi capacidad se siente desbordada por la magnitud de las problemáticas que atiendo.
Las ideas delirantes sobre cómo solucionar problemas se acuestan conmigo, y al amanecer, ya han hecho mella en mi cerebro. Vivo en un estado de hipervigilancia, en un ‘modo alerta’ constante que me drena la existencia. Mis vacaciones ya no son un placer, sino una vía de escape desesperada.
Después de tres años, al fin mi esposo lo comprendió. No lo culpo por la demora; yo misma había guardado un silencio hermético sobre mi propio derrumbe. —Busca ayuda— me dijo, y sus palabras fueron el espejo que necesitaba.
Entonces, un día de caos absoluto, mi ‘yo’ se fragmentó. Vi con una claridad aterradora lo que le estaba haciendo a mi cuerpo; vi cómo la ansiedad estaba devorando mi vida. Y en mis anheladas vacaciones, en una noche en la que por fin el silencio no pesaba, fui envuelta en un sueño.
Me encontré en un laberinto construido con los muros de mi propia memoria. Allí, mis diferentes ‘Yo’ se manifestaban como reflejos en espejos rotos; todas hablaban a la vez, en un murmullo de urgencias y correos sin responder. Pero, de pronto, una voz se elevó sobre el ruido: una voz pausada, serena, que emanaba de mi propio centro. —El mundo no se detendrá si cierras los ojos— me susurraba, como un bálsamo.
En ese instante, los ‘casos complicados’ que me perseguían se materializaron. Ya no eran monstruos de garras afiladas, sino ovillos de hilo negro, enredados y densos, que comenzaban a destejerse solos bajo una luz blanca y purificadora. Una voz me decía – Deja de girar sobre tu propio eje – . Sentí, por primera vez en años, cómo la prensa hidráulica que estrujaba mi pecho se disolvía. Comprendí la paradoja: no era mi hipervigilancia lo que me mantenía a salvo, al contrario, la hipervigilancia lastimaba mi cuerpo. La salida sanadora era el silencio.
Pero el sueño mutó. La luz blanca se tornó en el brillo frío de los cirios. Experimenté un déjà vu de mi propia muerte. Me vi allí, estática, habitando ese féretro acolchado. Podía sentir el peso del aire estancado y ver, desde una altura imposible, el rostro destrozado de mi hijo y el vacío en los ojos de mi esposo. Sus lamentos eran desgarradores, reales, físicos.
A pocos metros, vi a mis compañeros de trabajo. Sus rostros no tenían facciones, eran borrosos. Hablaban en susurros técnicos, explicando con una frialdad mecánica que ‘pronto llegaría mi reemplazo’.
Fue entonces cuando la verdad me golpeó con la fuerza de un rayo: para el sistema no soy un alma, soy producción. El sistema me deshumanizó hace tiempo y yo lo permití. Comprendí que los límites que no somos capaces de marcar con la palabra, el cuerpo los termina marcando con la enfermedad. Vi con claridad el recibo que mi propia existencia estaba pagando: mi vida a cambio de una vacante que se llenaría en una semana.
Me desperté con el sabor metálico del miedo todavía en la lengua, pero con una claridad que no conocía. El sol de las vacaciones inundaba la habitación, una luz muy parecida a la del sueño que acababa de desarmar mis nudos. Miré mis manos; ya no las sentía como herramientas de una maquinaria ajena.
Busqué el teléfono en la mesa de noche. Durante años, ese aparato había sido el grillete que me mantenía unida a un sistema que ya tenía listo mi reemplazo. Sentí el impulso de siempre: revisar la bandeja de entrada, buscar la palabra «Urgente», alimentar al monstruo. Pero esta vez, mi dedo no fue hacia el sobre azul del correo.
Mantuve presionada la aplicación. El icono empezó a temblar en la pantalla, como si tuviera miedo de perder su poder sobre mí. Apareció la opción: Eliminar.
Un segundo de duda me recorrió la columna —la vieja culpa, el miedo al «qué dirán», la responsabilidad malentendida—. Pero entonces recordé el rostro de mi hijo en el féretro del sueño y la voz serena que me decía que el mundo no se detendría. El sistema no me iba a cuidar; me tocaba a mí.
Presioné el botón. El icono desapareció.
Un silencio bendito, casi físico, llenó la habitación. Por primera vez en tres años, el aire entró en mis pulmones sin encontrar obstáculos. Me levanté de la cama, no para huir al baño a ocultar mi angustia, sino para caminar hacia el balcón.
Mi esposo ya estaba ahí, tomando café. Me miró con una ceja levantada, buscando el rastro de la crisis habitual en mis ojos. Yo solo sonreí y dejé el teléfono apagado sobre la mesa, lejos de mi cuerpo.
—Tenías razón —le dije, sintiendo el peso de la vida real regresando a mis venas—. Voy a buscar ayuda. Pero primero, voy a desayunar contigo.
Me senté en el borde de la cama de mi hijo. Él, que me había visto durante años con la mirada perdida en una pantalla y el alma ausente, me observó con curiosidad. Tomé sus manos, pequeñas y libres de las cargas que yo me había impuesto.
—Hijo —le dije, con la voz firme que me devolvió el sueño—, mamá aprendió algo importante anoche. A veces creemos que ser responsables es estar disponibles siempre, pero eso es un error. El sistema te enseña que debes ser una máquina, pero si no aprendes a poner límites, tu cuerpo terminará pagando la factura de una deuda que no le pertenece.
Él me escuchaba atento. Yo seguí:
—Hoy borré mi correo del celular. Y antes de empezar mis vacaciones, envié un mensaje corto y claro a mi equipo: «Estaré fuera de línea para cuidar de mi paz. Nos vemos a mi regreso». Ese pequeño mensaje, aunque parezca simple, es mi escudo. Poner un límite no es fallar, es decirse a uno mismo que somos valiosos. No quiero que crezcas pensando que tu vida le pertenece a una oficina. Tu paz no es negociable, ni por un correo, ni por una urgencia que puede esperar.
Él me abrazó, y en ese contacto sentí que la fragmentación de mi «yo» finalmente se sellaba. Ya no era un engranaje más de la producción; volvía a ser una madre, una esposa y, sobre todo, una mujer dueña de su propio silencio.
El mundo seguía girando, los casos seguían esperando, pero yo, por fin, había vuelto a casa.
Martha Liliana Polanco López
Un milagro de abril.
